Salir del armario en Moratalaz

Nuestro amigo Apóstata del blog La memoria bastarda del afligido nos ha dedicado esta maravillosa entrada a los integrantes del CEL de Moratalaz. Recomendamos su lectura y agradecemos a Apóstata sus palabras y cariño :-)

Salir del armario

Dedicado a mis amigos del Cel de Moratalaz.

Avanzaba con esa sonrisa burlona de quien se anda desperezando de algún desliz travieso; rumiando los estertores de aquel escalofrío qué sólo hace un instante le impregnara hasta el último rincón de su conciencia. Lo había hecho. Y sin embargo no deseaba abundar en la trascendencia que aquello pudiese tener en su vida, en la de sus amigos, en el delicado equilibrio de una convivencia familiar que comenzaba a desmoronarse por veterana. Caminaba en silencio, con un paso perezoso que apenas le distraía de sus pensamientos. Y en ese andar lento y desmedrado, Andrés se fue deslizando por las entrañas de su viejo barrio.

Atravesó el parque de la “Z”, entre el revoloteo dominical de los críos, que desafiaban en ágiles bandadas la monótona vigilancia de sus padres. Podía reconocerse aún en el gesto despreocupado y puñetero de aquellos canijos frenéticos de voz estridente y rostro congestionado, porque también la suya había sido una de aquellas familias domingueras que se arrojaban a engordar la escandalosa muchedumbre de los parques. Pero las cosas habían cambiado mucho en los últimos años. Andrés había observado como sus padres comenzaban a avejentarse aceleradamente, mientras él buscaba inútilmente la puerta de salida. Llevaba más de un cuarto de siglo instalado en la misma habitación diminuta y sombría en que fue acomodado a los pocos días de su nacimiento. Demasiado tiempo, demasiados recuerdos, demasiadas ganas de empezar a adueñarse de la propia vida.

Y a la vista de que toda esta serie de cambios había despertado cierto ambiente enrarecido en la familia, tampoco esperaba ahora que lo que acababa de hacer fuera a ser bien recibido. Pues suponía poco menos que una traición imperdonable a lo que siempre se esperó de él, a lo que le enseñaron. Así que quizá fuese mejor guardar silencio sobre el asunto, y esperar a que el tiempo dictase su propia sentencia.

Cuando llegó al paseo peatonal de la Lonja su sonrisa se había desvanecido por completo. Caminaba cabizbajo y con el ceño nublado, afectado de cierto aire pesado y meditabundo. No es que se arrepintiera de nada, pero esfumada la primera euforia, ya no se resistía a hurgar en las razones que le habían llevado a dar aquel paso. Necesitaba saber si aquello había sido sólo una veleidad, una decisión esporádica forzada por el despecho, por el aburrimiento o por el simple deseo de probar algo diferente. Pero no había vuelta de hoja. Había premeditado aquel acto a conciencia, después de compartir por Internet semanas de anónima complicidad con docenas de desconocidos. Le había dado miles de vueltas, y llegada la hora de la esperada cita, había acudido a ella con ansiedad, con deseo, con pleno convencimiento de lo que quería hacer, aunque cambiara para siempre el signo acostumbrado de su vida. ¿A qué dudar ahora de lo que ya no tenía ningún remedio?


La Lonja era un hervidero de parejitas haciendo el vermú y de temerarios viandantes cruzando la línea de fuego trazada a balonazos por chiquillos de todas las edades. A la altura del bar Refugio, Andrés descubrió a un grupo de adolescentes sentados sobre el respaldo de un banco, cuyo aspaviento continuo aparentaba obedecer a una discusión de singular trascendencia. Inesperadamente, la gravedad del grupo se disolvió en un estallido histérico de carcajadas, que debían celebrar la feliz ocurrencia de un tertuliano, al que tundieron inmediatamente a collejas. Un golpe de nostalgia detuvo el paso de Andrés, que se recordó así mismo tomando parte en un sinfín de escenas similares; ingenuas y apasionadas conversaciones que trataban de desmenuzar los secretos de una pasión impensada durante la infancia, y que sólo la incontrolable desazón de la pubertad llevó al primer plano de sus conversaciones. El había sido, sin duda, de los mas activos y prematuros en arriesgar conclusiones sobre esta cuestión, en fabular las actitudes rotundas que habría de tomar cuando llegase el momento, en expresar su conformidad con las ideas convencionales que todos parecían compartir sobre el tema. Nunca hubiera imaginado entonces que la realidad pudiera llegar ser tan diferente a como el la sospechaba.

Su propio padre le había hablado sin tapujos sobre ello. Le había enseñado todo cuanto importaba saber al respecto, y durante años, el muchacho nunca puso en duda que aquella era la única forma correcta de afrontar sus inquietudes. Pero todo empezó a torcerse el día en que Andrés se enfrentó con el instante fatídico de llevar a la práctica tantas horas de divagaciones y teorías. Y no es que el aturdido joven se apartara un solo milímetro del plan establecido, pues cumplió de la manera más ortodoxa y con quien todos esperaban que lo hiciese, e incluso perseveró durante años con la misma fidelidad y escrúpulo que la vez primera. Pero en cada nueva ocasión, se despertaba en él una infinita nausea, un sentimiento de culpa inexplicable, de estar llevando a cabo un acto repugnante que atentaba contra su propia naturaleza. Y es que la realidad se mostró a los ojos de Andrés de una manera tan cruda y decepcionante, que poco o nada tenía que ver con aquella visión idílica y legendaria que entre su padre, sus amigos y su propia fantasía habían instalado de una manera tácita en su conciencia.

Desembocó en la Plaza del Encuentro, a la que todo el mundo seguía llamando “del Galeprix” o “del Simago”, porque en Moratalaz el Ayuntamiento cambia las placas y los vecinos les siguen llamando a las cosas como mejor les dicta el recuerdo. De manera que no hay guapo que le cambie el nombre al “Campo el Urbis”, a la “Plaza el Veinte”, al “Barrio las Latas” o al “Parque los Muertos”. En pocos pasos se vio enfilando la calle Hacienda de Pavones, y a la altura del moderno y acristalado centro de salud, recordó que en aquel mismo sitio hubo una vez un viejo y destartalado cine, de aquellos que programaban en doble sesión continua, intercalando célebres reestrenos con infumables películas de chinos. “Joder, anda que no ha cambiado el barrio”, pensó en un primer instante. Pero luego comenzó a reflexionar sobre sus vecinos, sus padres, sus amigos, sobre la gente por la que había vivido rodeado la mayor parte de su vida. Y concluyó que aunque los coches, los portales de los edificios y los escaparates de las tiendas se habían hecho más lujosos con el tiempo, en el fondo, la mayoría de la gente que conocía en el barrió seguía viviendo por inercia, repitiendo los mismos gestos atávicos, y aferrada a los mismos prejuicios, pero no por convicción, si no por miedo a enfrentarse con el invariable rosario de errores y disparates sobre el que habían ido conformando el tránsito de sus vidas. Y lo peor no era que continuasen apegados a su infame calendario de rutinas y conveniencias, sino que por estas mismas juzgaban también el pensamiento y la conducta de sus prójimos.

Llegó por fin al angosto camino empedrado que atravesaba el jardín hasta el portal que antaño cobijara sus juegos infantiles. Y un cansancio milenario se le enredó entre las piernas, como si aquel tramo final se le antojara ya una escarpadura inexpugnable. Lo cubrió a medio camino entre la indolencia y el desasosiego, y al entreabrir la puerta de su casa quedo paralizado ante la imagen inesperada de su padre. Pensó por un instante que era inevitable que se lo notara, como si esas cosas dejaran un signo indeleble de culpabilidad en el rostro. Pero el viejo se limitó a sonreír apaciblemente, y Andrés experimentó el alivio del culpable que ve esfumarse todo signo de sospecha sobre su persona. “¿Pero culpable de qué?” pensó Andrés. Y luego contempló a aquel hombre enteco y encorvado, que ayer fuera la imagen viva de la fortaleza. Observó su desaliño, su delicada apariencia, el ánimo vencido que se desprendía de su figura, y nada observó en su aspecto que le recordará a aquel padre enérgico y soberbio que aparentaba guardar bajo llave el manual secreto de la vida. Y entonces comprendió que su padre no era más que otro hombre cansado, cuya existencia se había deslizado siempre sobre el margen convencional y acostumbrado de las cosas. Le miró por primera vez con esa ternura con que los hijos comienzan a intercambiar su papel con los padres, y se dijo a si mismo que por nada del mundo merecería la pena alterar el sosiego de alguien a quien tanto debía, revelándole un hecho que, conociendo el carácter y las ideas de su padre, no haría otra cosa que dejarle terriblemente decepcionado. Aquello al fin y al cabo era una decisión personal, y por ello se decidió Andrés a guardar para siempre el secreto de lo que había hecho.

Pero sintió de repente una vaharada que le ensanchaba los pulmones, y que con inusitado vigor se le fue escapando laringe arriba. Y a pesar de su recién adquirido voto de silencio, pudo sentir al instante su propia voz, nítida, sonora incontenible, como si una fuerza superior a él quebrará mil años de estupidez colectiva: “Papá, esta mañana he votado a Rosa Díez”.

1 comentario:

Apostata dijo...

Gracias a vosotros que defendéis un poco de coherencia política en ese querido y siempre maltratado barrio.

Por cierto, la primera versión, que es la que habéis colgado, fue un poco precipitada y contenía algunas repeticiones y errores de expresión. Ahora podéis encontrar en mi bitácora la versión corregida, donde las cagadas que quedan son las propias e inevitables de mi escaso talento.

Un saludo,